lunes, 2 de abril de 2012

Oscar

Qué tienen que ver el Sydney Opera House con un barrilete volando sobre el Parque Independencia? ¿Qué conexión existe entre una noche de 1978 y la ridícula superstición de un chico que reza durante los partidos? Todo esto tiene explicación, una explicación simple e importante a la vez, al menos para quien escribe esto.


Primero iré a 1978. En aquella época yo tenía 5 años y el recuerdo que tengo se sitúa en la pieza de mis viejos. Mi tío Oscar estaba por emprender un viaje, un viaje muy largo. Recuerdo que envolvían en papel de diario cosas que él se llevaba: se me ocurre que eran discos. Me veo jugando en el piso de parquet con unas monedas mientras en la puerta todos se despiden y alguien que me aclara que ese no es un viaje cualquiera, que al tío Oscar no lo veré por mucho tiempo.Mi tío se fue a vivir a Australia en 1978. Se fue pero no por cuestiones políticas, me animo a decir que por cuestiones sociales, porque no supo, no pudo adaptarse a las exigencias que tenía acá. Se fue a Australia recurriendo a una solución drástica: allá sería distinto, arrancaría de cero, sería una nueva historia. Mi tío se fue y pronto llegaron sus noticias, sus cartas, sus nuevos empleos, sus nuevos amigos.


Yo era parte de lo más querido por él: sus sobrinos. Siempre nos tuvo presentes. Llegó un época en que las cartas fueron reemplazadas por las llamadas telefónicas. En algún momento del anochecer del domingo alguien gritaba "el tío Oscar!!!" y sabíamos que él estaba al teléfono. Hablábamos, nos contábamos nuestra vida y siempre era fácil hablar de futbol, de Newell´s. ¿Cómo salió Newell´s? Sí, me enteré, vi los goles, ¿quién es el nuevo técnico?


Newell´s, el calor de Australia, los problemas políticos o económicos de Argentina, los canguros, el Opera House, la encomienda que nos mandó con un amigo que viajaba para Rosario. Sus regalos, nuestros regalos. Le mandábamos los Gráficos, cassettes de Goyeneche aunque a él le gustaba Julio Sosa o yerba mate hasta que fue un problema pasarla por la aduana.


Cuando yo era chico rezaba en la cancha. Cada vez que el rival avanzaba yo rezaba ave marías. El resultado de mis plegarias era por lo menos confuso, a veces daba gran resultado pero otras no tanto. Un día llegué a la conclusión de que todos los clubes debían tener oradores como yo, ¿sería por eso que existían los empates, sería que cuando Ñuls perdía había en la tribuna de enfrente orantes más devotos?. Un día decidí dejar esa práctica, resolví reservar mis oraciones para cuestiones más importantes. Pero a Ñuls le siguió yendo bien, tal vez como un premio del Señor a mi razonabilidad.


El tipo que vistió más veces la rojinegra fue Gerardo Daniel Martino y me animo a decir que su peor día en Ñuls fue la semana que siguió a aquel domingo en que le hizo 2 goles a Boca en la Bombonera. Es hincha de de Central dijo algún estúpido, fueron para atrás lanzó otro. Alguno habló de que rompieron los carnets. Ese día fue la única vez que fui a la cancha un domingo a la mañana. No sé por qué, pero el partido estaba fijado para las 11. El día comenzó con aire de fiesta y me quedó grabada la imagen de los barriletes volando sobre la cancha. Dos horas más tarde el Tata era entregado al patíbulo: traidor gritaban los pechos fríos y yo hacía mi más honorable juramento futbolero: el Tata jamás sería un traidor para mi, sería mi máximo ídolo futbolístico de ahí y para siempre.


Miles de años después, una puta mañana de abril me anoticié acerca de la muerte de mi tío. Lloré un poco y acá rato lo hago, pero era domingo y jugaba Newell´s y cuando me encontré en mi platea, frente al campo de juego, miré al cielo y rompí una promesa: le pedí a Dios que ese día Ñuls ganara. Volví a rezar como lo hacía cuando era chico. Pero luego comprendí que no sería necesario. Caminando hacia el banco de suplentes iba el Tata, con el brazo en alto agradeciendo la ovación de muchos que miles de años atrás lo habían llamado traidor. Ñubels ganó 2 a 0, miré otra vez al cielo pensé en el tío Oscar. Esa noche nadie llamaría desde Australia pero él estaría festejando. Supongo que no fue tanto mi oración la que influyó en el resultado, seguramente tuvo más que ver con la decisión de un tipo que quiso volver a su casa, a su lugar, a ser lo que siempre había sido: un leal a los afectos.


Pienso que ahora en algún suburbio de Sydney alguien junta las pertenencias de mi tío. Eso que queda cuando uno se muere, ¿servirá como síntesis de lo que hicimos, de lo que nos importó en la vida? Seguramente estarán todas las fotos que le mandamos, los Gráficos, el cassette de Landrisina que le grabé y la camiseta Luanvi que compró la última vez que estuvo en Rosario. Mi tío se fue a vivir a Australia y allá hizo una nueva vida, la prueba está en los grandiosos amigos que lo cuidaron hasta lo último.


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