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sábado, 29 de diciembre de 2012

Un cuento de Fontanarrosa

Mi primer contacto con el Negro Fontanarrosa fue, como muchos, a través de su obra. Mi viejo compraba los libros de Editorial La Flor y yo los leía con la pasión de quien ha descubierto un tesoro inédito. Esas lecturas estimularon mi voluntad de escribir.

Pero muy pocos conocen mi relación personal con el querido Negro, a tal punto que muchos se sorprenderán al leer estas líneas. Antes de entrar en los detalles de nuestro primer encuentro debo precisar que el Negro y yo compartimos una simpática relación de simetrías y asimetrías que se complementan.

Los dos fuimos amantes apasionados del fútbol pero, siendo ambos rosarinos, bien conocida por todos es su filiación canalla y mi condición de leproso. El negro vivió en Alberdi y yo soy del Saladillo, dos barrios en las antípodas de la geografía rosarina pero a la vez tal similares, tan particulares, tan ingleses. Los dos hemos preferido el cuento corto a la novela, el humor es nuestro distintivo y ahí debo admitir su influencia en mi obra. Ambos somos buenos dibujantes pero no puedo comparar mis trabajos con el consagrado Inodoro Pereyra. Finalmente resta decir que Roberto es justamente reconocido, en cambio yo, todavía disfruto del privilegio del anonimato.

Lo conocí a Roberto una tarde de verano en Alberdi. Él cargaba nafta a su Citroën 2CV cuando llegué con mi Renoleta a la estación de Rondeau y Vila. Nos miramos y al instante nos entendimos. Supe interpretar en aquel rostro su mensaje, habíamos compartido tantas cosas sin conocernos y por fin nuestras vidas se cruzaban. Sentí cierto alivio compartido, comprendí que una nueva etapa comenzaba en nuestra relación. No quise ser imprudente, entendí en aquel instante que debía dejar que el destino cumpliera su rol y no atiné a acercarme ni a saludarlo. El negro pagó la nafta, se subió al Citroën y se fue.

Especulé con ir a casa a buscar mis trabajos para mostrárselos. Juzgué oportuno no precipitarme, todo llega a punto para quien sabe esperar, así que deje correr los días al aguardo del momento indicado.

Imaginé al negro sorprendido por mi obra, entusiasmado llamando a su editor para contarle el hallazgo. Sería mi padrino, no pude evitar componer la imagen de ambos detrás de un micrófono en la librería Ross presentando mi primer libro. Seria fantástico. Negro canallón, las discusiones de fútbol que se iban a presentar, los dos en Buenos Aires, en la Feria del Libro contándole a los porteños la real dimensión del clásico de Rosario, recorriendo el mundo como un par de Serrat y Sabinas rosarinos.

Aquel fugaz encuentro me marcó, con el tiempo comprendí que sería un error visitarlo, la distancia había sido hasta ahí la insignia de nuestra amistad y no había razón para que eso cambié, por eso fui cauto y nunca intenté encontrarlo.

El día en que recibí la noticia de su muerte maldije al destino, que le ponía final abrupto a una hermosa historia que recién comenzaba a rodar. Cuando se nos va alguien tan cercano no es fácil seguir. Todavía lo imagino pidiéndome un pase en las baldosas del Ñaró, cargándonos por el fútbol o convinando vernos un rato por Madrid para tomar una cerveza. Lamento que no haya podido alcanzar a ver mi inniminente éxito. Seguramente habrá una dedicatoria especial para el querido Negro en mi ópera prima.

domingo, 28 de octubre de 2012

Los viejos pibes de mi club

Los clubes de barrio siempre tienen un grupito de pibes que viven en el club, que se conocen todos los rincones, que juntos van transitando los años y se hacen grandes, siempre en el club. En mi caso personal los veo con una porción de envidia, como me gustaría pertenecer, ser parte, de esos códigos, esas anécdotas, esa mutua fidelidad.
A los chicos de la primera de futbol los conozco de hace unos diez, quince años. Nunca dejé de observarlos, de seguirlos, se fueron por un tiempo pero ahora están de vuelta.
El grupete este es fantástico, la edad promedio es treinta y pico, se juntan todas las semanas a practicar, no falta el asadito y los domingos juegan el torneo. Da gusto verlos jugar como cuando eran chicos, con las mismas ganas, con la misma ilusión.
Hace unos años el club no tenía rumbo, sinceramente me encontraba entre los que habían perdido la fe en poder volver a los viejos años de gloria. Y estos pibes tuvieron mucho que ver con el cambio que aconteció poco después. Con la refundación del club, hicieron cosas que pocos haríamos. Porque estos chicos son todos profesionales, pibes a los que les ha ido muy bien en la vida y no tienen ninguna necesidad de volver al barrio, al club de la infancia, a perder el tiempo en rescatar un sueño casi perdido. Pero volvieron y ya puedo decir que han cambiado la historia.
El primero en volver fue Lucas. Que fenómeno ese loco, se bancó todas, le dijeron de todo pero Lucas se la bancó y buscó al resto. En seguida apareció Pomelo y después el Memo, Maxi, el Gringo, Nacho y varios más que están al caer.
No hay que olvidarse de Boquita, que con Luquita hizo el aguante desde el minuto cero, pero...la frutilla del postre es ver al Tata en el banco... el Tata... el Tata en el banco es como ver una película de Ettore Scola con Marchelo Mastrovianni en tiempo real, como verlo a Miquelangelo mesclando los colores, pensando en la próxima pincelada.
Todos los domingos me siento a mirarlos, a ver como juegan, el club entero deja lo que esta haciendo para ir hasta la cancha de 11 a verlos jugar. Y es maravilloso como ese grupo de amigos juega al fútbol con la pasión del primer día, con el placer de los que hacen lo que les gusta. En cada pelota se nota que está jugando un grupo de amigos, amigos que que mueren por el resultado porque el que sabe jugar al fútbol quiere ganar, pero sobre todo porque han aprendido, porque les han enseñado, porque saben que en este club hay una sola forma de lograr las cosas: rodeándose de buenas personas.

domingo, 1 de julio de 2012

Groundhog Day

Hay una excelente película que cada vez que cruzo en el cable irremediablemente vuelvo a ver. Es Groundhog Day, El Día de la Marmota. En ella Phil Connors (Bill Murray) despierta cada mañana en el mismo día del año. Esta extraña situación inicialmente es una pesadilla para Phil, quien comprueba que ni siquiera el suicidio puede sacarlo de ese loop en el tiempo. 

No cometeré el pecado de relatar el final pero, ya que es una peli muy vieja, diré que lo que rescata a Phil de ese eterno presente es su transformación. Phil comienza a crecer y cuando se transforma en una mejor persona, cuando deja su egocentrismo, llega el día siguiente.

Creo que esto es lo que le está pasando a Rosario Central. El canalla hace 2 años que vive en el 23 de mayo de 2010 y esta tarde ha confirmado que lo hará por un año más.

Hace miles de años imaginé la desaparición de Central. Ese sería el argumento contundente para cerrar una discusión de años. En mi sueño habría personas que confesaban haber sido aficionados de un equipo que alguna vez había tenido la ciudad, un mito, porque el único representante de Rosario era Newell´s. 

Cuando River descendió, pasadas las cargadas, la mayor parte de los hinchas de Boca admitia que el torneo no era lo mismo sin River, Boca necesitaba a River para ser Boca, no hay Boca sin River ni River sin Boca. 

Esto fue lo que comprendí hace poco y lo que muchos en Rosario todavía no entienden. Somos una unidad, no hay Central sin Ñuls, no hay Newell´s sin canallas. 

Uno de los latiguillos más usados por los hinchas es el "no existis", es negar la existencia del otro. El presidente de Central quiere jugar el clásico con Boca, Newell´s festeja otro año más de Central en la B.

Ahora sueño con una época donde se jueguen decenas de clásicos por año, donde haya una selección de Rosario que juegue contra Argentina, donde Newell´s y Central definan la final de la Libertadores.

Pero antes Central deberá superar su Groundhog Day, deberá dejar de hablar del sexto grande o la bandera más grande del mundo, dejar el "somos la ciudad" y humildemente ir  cada sábado a ganarse el ascenso.

Este campeonato voy a hinchar por que vuelvan los canallas. Palabra de lepra.


viernes, 15 de junio de 2012

El sol cae sobre el Pacífico

Hay una postal que es casi imposible de lograr en Argentina, la del sol poniendose tras el mar. Dicen que en Claromecó, cerca de Reta, puede verse esa imagen. Son las seis de la tarde, y el avión hace una curva a la vez que toma altura, ni bien ha despegado de Trujillo. Por la ventanilla veo el inmenso Pacífico y una bola naranja que comienza a descender sobre el oceano. Ví esta imagen muchas veces, muchos viernes, volviendo a Lima para descanzar o de paso rumbo a Rosario. El ritual comenzaba mucho antes, saliamos de Chimbote, pasabamos por Coishco, Santa, Chao, Virú, Pueblo Moche, por la puerta de ingreso a las ruinas de Chan Chan y finalmente el aeropuerto de Trujillo. Una hora de espera, la cola, subir al avión, los avisos de precaución y una vez que la máquina tomaba vuelo, el inmenso Pacífico y la bola de fuego. Extraño esa postal en movimiento, ese momento tan privado y tan hermoso. 
Atardecer Aéreo

Cenabamos con mi amigo, tomabamos un vino y nos poniamos al día. Él me contaba su paso por Roma, sus días en el Vaticano y me describía la misma sensación que siento a menudo: la que producen las experiencias solitarias, esa necesidad insatisfecha de querer compartir un instante particular. Los dos coincidimos en una frase "si me vieran en este momento, en este lugar, como quisiera tener a alguien al lado para compartirlo!". 


¿Será que la soledad es inevitable? Porque el atardecer en el Pacífico es un momento que se repite a diario y la Capilla Sixtina hace seiscientos años que está ahí esperando nuestra visita, pero hay un lugar en nuestro interior al que no se llega caminando. Y si hay un lugar desconocido será que habrá también algo incomprendido. Ayer ví una película de Woody Allen, Los Secretos de Harry, y termina con una frase maravillosa: "Todo el mundo ve la misma realidad, cada uno elige como distorsionarla". ´

Porque el sol se oculta todos los días detrás del Pacífico pero uno decide si es romántico o deprimente, y estará quien nos recuerde que el sol no se oculta, es la tierra que gira sobre su eje, maldita sea. 
No tiene uno que ir al desierto para estar solo. Basta con levantar la vista y comprender que se está rodeado de extraños, que las personas que nos tratan a diario, aún las más cercanas, poseen apenas un poco de información, de que se trata esto que somos, pensamos y hemos vivido.

lunes, 2 de abril de 2012

Oscar

Qué tienen que ver el Sydney Opera House con un barrilete volando sobre el Parque Independencia? ¿Qué conexión existe entre una noche de 1978 y la ridícula superstición de un chico que reza durante los partidos? Todo esto tiene explicación, una explicación simple e importante a la vez, al menos para quien escribe esto.


Primero iré a 1978. En aquella época yo tenía 5 años y el recuerdo que tengo se sitúa en la pieza de mis viejos. Mi tío Oscar estaba por emprender un viaje, un viaje muy largo. Recuerdo que envolvían en papel de diario cosas que él se llevaba: se me ocurre que eran discos. Me veo jugando en el piso de parquet con unas monedas mientras en la puerta todos se despiden y alguien que me aclara que ese no es un viaje cualquiera, que al tío Oscar no lo veré por mucho tiempo.Mi tío se fue a vivir a Australia en 1978. Se fue pero no por cuestiones políticas, me animo a decir que por cuestiones sociales, porque no supo, no pudo adaptarse a las exigencias que tenía acá. Se fue a Australia recurriendo a una solución drástica: allá sería distinto, arrancaría de cero, sería una nueva historia. Mi tío se fue y pronto llegaron sus noticias, sus cartas, sus nuevos empleos, sus nuevos amigos.


Yo era parte de lo más querido por él: sus sobrinos. Siempre nos tuvo presentes. Llegó un época en que las cartas fueron reemplazadas por las llamadas telefónicas. En algún momento del anochecer del domingo alguien gritaba "el tío Oscar!!!" y sabíamos que él estaba al teléfono. Hablábamos, nos contábamos nuestra vida y siempre era fácil hablar de futbol, de Newell´s. ¿Cómo salió Newell´s? Sí, me enteré, vi los goles, ¿quién es el nuevo técnico?


Newell´s, el calor de Australia, los problemas políticos o económicos de Argentina, los canguros, el Opera House, la encomienda que nos mandó con un amigo que viajaba para Rosario. Sus regalos, nuestros regalos. Le mandábamos los Gráficos, cassettes de Goyeneche aunque a él le gustaba Julio Sosa o yerba mate hasta que fue un problema pasarla por la aduana.


Cuando yo era chico rezaba en la cancha. Cada vez que el rival avanzaba yo rezaba ave marías. El resultado de mis plegarias era por lo menos confuso, a veces daba gran resultado pero otras no tanto. Un día llegué a la conclusión de que todos los clubes debían tener oradores como yo, ¿sería por eso que existían los empates, sería que cuando Ñuls perdía había en la tribuna de enfrente orantes más devotos?. Un día decidí dejar esa práctica, resolví reservar mis oraciones para cuestiones más importantes. Pero a Ñuls le siguió yendo bien, tal vez como un premio del Señor a mi razonabilidad.


El tipo que vistió más veces la rojinegra fue Gerardo Daniel Martino y me animo a decir que su peor día en Ñuls fue la semana que siguió a aquel domingo en que le hizo 2 goles a Boca en la Bombonera. Es hincha de de Central dijo algún estúpido, fueron para atrás lanzó otro. Alguno habló de que rompieron los carnets. Ese día fue la única vez que fui a la cancha un domingo a la mañana. No sé por qué, pero el partido estaba fijado para las 11. El día comenzó con aire de fiesta y me quedó grabada la imagen de los barriletes volando sobre la cancha. Dos horas más tarde el Tata era entregado al patíbulo: traidor gritaban los pechos fríos y yo hacía mi más honorable juramento futbolero: el Tata jamás sería un traidor para mi, sería mi máximo ídolo futbolístico de ahí y para siempre.


Miles de años después, una puta mañana de abril me anoticié acerca de la muerte de mi tío. Lloré un poco y acá rato lo hago, pero era domingo y jugaba Newell´s y cuando me encontré en mi platea, frente al campo de juego, miré al cielo y rompí una promesa: le pedí a Dios que ese día Ñuls ganara. Volví a rezar como lo hacía cuando era chico. Pero luego comprendí que no sería necesario. Caminando hacia el banco de suplentes iba el Tata, con el brazo en alto agradeciendo la ovación de muchos que miles de años atrás lo habían llamado traidor. Ñubels ganó 2 a 0, miré otra vez al cielo pensé en el tío Oscar. Esa noche nadie llamaría desde Australia pero él estaría festejando. Supongo que no fue tanto mi oración la que influyó en el resultado, seguramente tuvo más que ver con la decisión de un tipo que quiso volver a su casa, a su lugar, a ser lo que siempre había sido: un leal a los afectos.


Pienso que ahora en algún suburbio de Sydney alguien junta las pertenencias de mi tío. Eso que queda cuando uno se muere, ¿servirá como síntesis de lo que hicimos, de lo que nos importó en la vida? Seguramente estarán todas las fotos que le mandamos, los Gráficos, el cassette de Landrisina que le grabé y la camiseta Luanvi que compró la última vez que estuvo en Rosario. Mi tío se fue a vivir a Australia y allá hizo una nueva vida, la prueba está en los grandiosos amigos que lo cuidaron hasta lo último.