sábado, 20 de febrero de 2016

Biblioteca Alberdi



Hoy es sábado, me levanto a media mañana los sábados, tomo algo rápido y aprovecho lo que resta hasta el mediodía para hacer alguna cosa.

Me fui con María Luz hasta la biblioteca. Vivo en un barrio que tiene una biblioteca, a 2 cuadras de mi casa. Estoy terminando un libro de cuentos de Osvaldo Soriano, Piratas, Dinosaurios y Fantasmas, y en uno de sus cuentos menciona a Graham Greene. Consulté que había de Graham Greene, la bibliotecaria comenzó a leer el listado de títulos en stock y al azar escogí El Tercer Hombre. Es un libro breve, ideal para este trabajo de retomar la lectura, de desintoxicarme de tanto wifi, tanta red social, tanto Netflix.

Tomando un café después del almuerzo pensé en todo esto. Qué cosa maravillosa es una biblioteca. Recordé las mesas de venta de las grandes librerías, libros de tapas coloridas, donde uno COMPRA un libro, lo posee. Alguna vez me propuse tener mi propia biblioteca, un tesoro de posesión, la exteriorización de mi nivel cultural con los grandes títulos que pasaron por mi lectura. Una biblioteca pública es todo lo contrario, es el trabajo colectivo de una comunidad, nadie posee el libro, el objeto, interesa su contenido. 

El Tercer Hombre de Graham Greene fue adquirido por la Biblioteca Popular Alberdi en noviembre de 2014 a través de una donación. Hoy está en mi mesa de luz esperando su lectura. Ese donante anónimo y yo hoy nos hemos conectado a través de su generosidad y mi agradecimiento. Este sencillo evento es la consecuencia de cientos de decisiones, de cientos de voluntades, que generosamente resolvieron  sobreponer el contenido de un libro, el interés común, al de los mercaderes.

jueves, 28 de enero de 2016

Traful

Era de noche y la luna llena no alcanzaba a asomarse entre las nubes. Estaba en Traful, con mi carpa, con los míos. Esa noche había cocinado unas truchas como debe hacerse: con lo que había a mano. El detalle fue el vino blanco, un poco en el disco y el resto como acompañante.
Después de comer los chicos se fueron al fogón de al lado y yo quedé en la reposera escuchando unos temas de Calamaro en una actitud de borrachín filosófico.
Mire al cielo y encontré unas pocas estrellas y las nubes tapando a la luna. Y la copa de dos árboles. Me detuve en los árboles. Pensé en los años que llevaban creciendo. Siempre habían estado creciendo. Ahí, en Traful, frente al lago, viendo las cosas pasar. Habían estado ahí, creciendo, cuando yo daba mis primeros pasos en Mar de Ajó en el 74, cuando juntaba las chapitas del Mundial juvenil del 79 y cuando empecé a ponerme grande. Estuvieron siempre en ese bosque, con los otros arboles, con algunos que se cayeron y otros que se sumaron después. Miré a ese árbol que estaba ahí desde que yo comencé a dar vueltas y me había esperado para ese efímero instante eterno.
Al día siguiente les hablé a mis hijos de ese encuentro. Les prometí que ellos iban a volver a ese bosque, a encontrarse con esos árboles, ya con algunas historias en el lomo, tan vez con sus hijos. Y que los árboles los iban a estar esperando, para un nuevo encuentro.