jueves, 28 de enero de 2016

Traful

Era de noche y la luna llena no alcanzaba a asomarse entre las nubes. Estaba en Traful, con mi carpa, con los míos. Esa noche había cocinado unas truchas como debe hacerse: con lo que había a mano. El detalle fue el vino blanco, un poco en el disco y el resto como acompañante.
Después de comer los chicos se fueron al fogón de al lado y yo quedé en la reposera escuchando unos temas de Calamaro en una actitud de borrachín filosófico.
Mire al cielo y encontré unas pocas estrellas y las nubes tapando a la luna. Y la copa de dos árboles. Me detuve en los árboles. Pensé en los años que llevaban creciendo. Siempre habían estado creciendo. Ahí, en Traful, frente al lago, viendo las cosas pasar. Habían estado ahí, creciendo, cuando yo daba mis primeros pasos en Mar de Ajó en el 74, cuando juntaba las chapitas del Mundial juvenil del 79 y cuando empecé a ponerme grande. Estuvieron siempre en ese bosque, con los otros arboles, con algunos que se cayeron y otros que se sumaron después. Miré a ese árbol que estaba ahí desde que yo comencé a dar vueltas y me había esperado para ese efímero instante eterno.
Al día siguiente les hablé a mis hijos de ese encuentro. Les prometí que ellos iban a volver a ese bosque, a encontrarse con esos árboles, ya con algunas historias en el lomo, tan vez con sus hijos. Y que los árboles los iban a estar esperando, para un nuevo encuentro.