Mi primer contacto con el Negro Fontanarrosa fue, como muchos, a través de su obra. Mi viejo compraba los libros de Editorial La Flor y yo los leía con la pasión de quien ha descubierto un tesoro inédito. Esas lecturas estimularon mi voluntad de escribir.
Pero muy pocos conocen mi relación personal con el querido Negro, a tal punto que muchos se sorprenderán al leer estas líneas. Antes de entrar en los detalles de nuestro primer encuentro debo precisar que el Negro y yo compartimos una simpática relación de simetrías y asimetrías que se complementan.
Los dos fuimos amantes apasionados del fútbol pero, siendo ambos rosarinos, bien conocida por todos es su filiación canalla y mi condición de leproso. El negro vivió en Alberdi y yo soy del Saladillo, dos barrios en las antípodas de la geografía rosarina pero a la vez tal similares, tan particulares, tan ingleses. Los dos hemos preferido el cuento corto a la novela, el humor es nuestro distintivo y ahí debo admitir su influencia en mi obra. Ambos somos buenos dibujantes pero no puedo comparar mis trabajos con el consagrado Inodoro Pereyra. Finalmente resta decir que Roberto es justamente reconocido, en cambio yo, todavía disfruto del privilegio del anonimato.
Lo conocí a Roberto una tarde de verano en Alberdi. Él cargaba nafta a su Citroën 2CV cuando llegué con mi Renoleta a la estación de Rondeau y Vila. Nos miramos y al instante nos entendimos. Supe interpretar en aquel rostro su mensaje, habíamos compartido tantas cosas sin conocernos y por fin nuestras vidas se cruzaban. Sentí cierto alivio compartido, comprendí que una nueva etapa comenzaba en nuestra relación. No quise ser imprudente, entendí en aquel instante que debía dejar que el destino cumpliera su rol y no atiné a acercarme ni a saludarlo. El negro pagó la nafta, se subió al Citroën y se fue.
Especulé con ir a casa a buscar mis trabajos para mostrárselos. Juzgué oportuno no precipitarme, todo llega a punto para quien sabe esperar, así que deje correr los días al aguardo del momento indicado.
Imaginé al negro sorprendido por mi obra, entusiasmado llamando a su editor para contarle el hallazgo. Sería mi padrino, no pude evitar componer la imagen de ambos detrás de un micrófono en la librería Ross presentando mi primer libro. Seria fantástico. Negro canallón, las discusiones de fútbol que se iban a presentar, los dos en Buenos Aires, en la Feria del Libro contándole a los porteños la real dimensión del clásico de Rosario, recorriendo el mundo como un par de Serrat y Sabinas rosarinos.
Aquel fugaz encuentro me marcó, con el tiempo comprendí que sería un error visitarlo, la distancia había sido hasta ahí la insignia de nuestra amistad y no había razón para que eso cambié, por eso fui cauto y nunca intenté encontrarlo.
El día en que recibí la noticia de su muerte maldije al destino, que le ponía final abrupto a una hermosa historia que recién comenzaba a rodar. Cuando se nos va alguien tan cercano no es fácil seguir. Todavía lo imagino pidiéndome un pase en las baldosas del Ñaró, cargándonos por el fútbol o convinando vernos un rato por Madrid para tomar una cerveza. Lamento que no haya podido alcanzar a ver mi inniminente éxito. Seguramente habrá una dedicatoria especial para el querido Negro en mi ópera prima.