Estar un tiempo indefinido delante de la pantalla, olvidar por qué inicialmente se llegó ahí. Jugar al solitario, recorrer 60 veces Facebook. Trasladarse a otro lugar, ocupar el tiempo, llenar los espacios vacíos.
Dejar de pensar, pensar en nada, pensar en nada que fuere peligroso, ir a un lugar seguro donde nada malo pueda pasar.
Planear viajes, leer, escuchar música, hacerse experto en algún tema, relacionarse socialmente, relacionarse afectivamente, amar, ocupar el tiempo en trabajar.
Acaso eso sea ser feliz, desviar la atención de la temible pregunta sin respuesta.
Desentenderse.
Una mezcla de comentarios de actualidad y ensayos literarios que esperan tu piadosa opinión
viernes, 4 de enero de 2013
sábado, 29 de diciembre de 2012
Un cuento de Fontanarrosa
Mi primer contacto con el Negro Fontanarrosa fue, como muchos, a través de su obra. Mi viejo compraba los libros de Editorial La Flor y yo los leía con la pasión de quien ha descubierto un tesoro inédito. Esas lecturas estimularon mi voluntad de escribir.
Pero muy pocos conocen mi relación personal con el querido Negro, a tal punto que muchos se sorprenderán al leer estas líneas. Antes de entrar en los detalles de nuestro primer encuentro debo precisar que el Negro y yo compartimos una simpática relación de simetrías y asimetrías que se complementan.
Los dos fuimos amantes apasionados del fútbol pero, siendo ambos rosarinos, bien conocida por todos es su filiación canalla y mi condición de leproso. El negro vivió en Alberdi y yo soy del Saladillo, dos barrios en las antípodas de la geografía rosarina pero a la vez tal similares, tan particulares, tan ingleses. Los dos hemos preferido el cuento corto a la novela, el humor es nuestro distintivo y ahí debo admitir su influencia en mi obra. Ambos somos buenos dibujantes pero no puedo comparar mis trabajos con el consagrado Inodoro Pereyra. Finalmente resta decir que Roberto es justamente reconocido, en cambio yo, todavía disfruto del privilegio del anonimato.
Lo conocí a Roberto una tarde de verano en Alberdi. Él cargaba nafta a su Citroën 2CV cuando llegué con mi Renoleta a la estación de Rondeau y Vila. Nos miramos y al instante nos entendimos. Supe interpretar en aquel rostro su mensaje, habíamos compartido tantas cosas sin conocernos y por fin nuestras vidas se cruzaban. Sentí cierto alivio compartido, comprendí que una nueva etapa comenzaba en nuestra relación. No quise ser imprudente, entendí en aquel instante que debía dejar que el destino cumpliera su rol y no atiné a acercarme ni a saludarlo. El negro pagó la nafta, se subió al Citroën y se fue.
Especulé con ir a casa a buscar mis trabajos para mostrárselos. Juzgué oportuno no precipitarme, todo llega a punto para quien sabe esperar, así que deje correr los días al aguardo del momento indicado.
Imaginé al negro sorprendido por mi obra, entusiasmado llamando a su editor para contarle el hallazgo. Sería mi padrino, no pude evitar componer la imagen de ambos detrás de un micrófono en la librería Ross presentando mi primer libro. Seria fantástico. Negro canallón, las discusiones de fútbol que se iban a presentar, los dos en Buenos Aires, en la Feria del Libro contándole a los porteños la real dimensión del clásico de Rosario, recorriendo el mundo como un par de Serrat y Sabinas rosarinos.
Aquel fugaz encuentro me marcó, con el tiempo comprendí que sería un error visitarlo, la distancia había sido hasta ahí la insignia de nuestra amistad y no había razón para que eso cambié, por eso fui cauto y nunca intenté encontrarlo.
El día en que recibí la noticia de su muerte maldije al destino, que le ponía final abrupto a una hermosa historia que recién comenzaba a rodar. Cuando se nos va alguien tan cercano no es fácil seguir. Todavía lo imagino pidiéndome un pase en las baldosas del Ñaró, cargándonos por el fútbol o convinando vernos un rato por Madrid para tomar una cerveza. Lamento que no haya podido alcanzar a ver mi inniminente éxito. Seguramente habrá una dedicatoria especial para el querido Negro en mi ópera prima.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Nunca es suficiente
Te dije "te quiero", no puedo reprocharme eso, pero...cuantas veces es suficiente? Te quiero, querido amigo, te quiero hasta el abrazo interminable. Fuiste maravilloso, fuiste heroico, venciste en silencio a tu peor enemigo, a tu pesadilla, y por eso te admiro. El mundo fue cruel, te dio la espalda...pero no todo el mundo, porque hoy veo claramente que sos un vencedor y en tu victoria ganaste lo mejor: el amor de tus amigos.
Nos queda tu humor, tu alegría, tus ganas de sacarnos una sonrisa, tu picardía infantil. Como dijo el joven de Nazaret: hay que hacerse como niños para ganarse el cielo.
Te quiero, mil veces te quiero, mi gran amigo.
Nos queda tu humor, tu alegría, tus ganas de sacarnos una sonrisa, tu picardía infantil. Como dijo el joven de Nazaret: hay que hacerse como niños para ganarse el cielo.
Te quiero, mil veces te quiero, mi gran amigo.
domingo, 28 de octubre de 2012
Los viejos pibes de mi club
Los clubes de barrio siempre tienen un grupito de pibes que viven en el club, que se conocen todos los rincones, que juntos van transitando los años y se hacen grandes, siempre en el club. En mi caso personal los veo con una porción de envidia, como me gustaría pertenecer, ser parte, de esos códigos, esas anécdotas, esa mutua fidelidad.
A los chicos de la primera de futbol los conozco de hace unos diez, quince años. Nunca dejé de observarlos, de seguirlos, se fueron por un tiempo pero ahora están de vuelta.
El grupete este es fantástico, la edad promedio es treinta y pico, se juntan todas las semanas a practicar, no falta el asadito y los domingos juegan el torneo. Da gusto verlos jugar como cuando eran chicos, con las mismas ganas, con la misma ilusión.
Hace unos años el club no tenía rumbo, sinceramente me encontraba entre los que habían perdido la fe en poder volver a los viejos años de gloria. Y estos pibes tuvieron mucho que ver con el cambio que aconteció poco después. Con la refundación del club, hicieron cosas que pocos haríamos. Porque estos chicos son todos profesionales, pibes a los que les ha ido muy bien en la vida y no tienen ninguna necesidad de volver al barrio, al club de la infancia, a perder el tiempo en rescatar un sueño casi perdido. Pero volvieron y ya puedo decir que han cambiado la historia.
El primero en volver fue Lucas. Que fenómeno ese loco, se bancó todas, le dijeron de todo pero Lucas se la bancó y buscó al resto. En seguida apareció Pomelo y después el Memo, Maxi, el Gringo, Nacho y varios más que están al caer.
No hay que olvidarse de Boquita, que con Luquita hizo el aguante desde el minuto cero, pero...la frutilla del postre es ver al Tata en el banco... el Tata... el Tata en el banco es como ver una película de Ettore Scola con Marchelo Mastrovianni en tiempo real, como verlo a Miquelangelo mesclando los colores, pensando en la próxima pincelada.
Todos los domingos me siento a mirarlos, a ver como juegan, el club entero deja lo que esta haciendo para ir hasta la cancha de 11 a verlos jugar. Y es maravilloso como ese grupo de amigos juega al fútbol con la pasión del primer día, con el placer de los que hacen lo que les gusta. En cada pelota se nota que está jugando un grupo de amigos, amigos que que mueren por el resultado porque el que sabe jugar al fútbol quiere ganar, pero sobre todo porque han aprendido, porque les han enseñado, porque saben que en este club hay una sola forma de lograr las cosas: rodeándose de buenas personas.
Volviendo al pago
Estuvimos unas semanas ausentes, pero de a poco estamos regresando.
Un par de ideas están tomando forma, en breve habrá novedades.
Gracias por estar ahí.
Un par de ideas están tomando forma, en breve habrá novedades.
Gracias por estar ahí.
domingo, 19 de agosto de 2012
Ven y sígueme...
La primera vez que lo vi a Cristo fue en Córdoba. Estábamos de camino al Champaqui, hacíamos noche en uno de los refugios de la base, el negro Juarez estaba en pedo y no paraba de molestarlo. El tipo se la bancó como un duque, ni una palabra. El negro estaba muy pesado, lo curtía con lo de las heridas en las manos y el Cristo ni una palabra. Había mucha gente en el refugio y la música disimulaba todo lo que pasaba. Nadie le daba demasiada importancia a la situación pero el negro ya se pasaba. Yo me sentí incómodo no por la actitud del negro sino por la mirada que me echaba el Cristo. Me miraba sin decir nada, sin escuchar lo que pasaba.
Un par de años después lo encontré en la puerta de una iglesia en Porto Alegre. Aquella tarde pidiendo monedas en el atrio parecía un chico. Fue un instante tan incomodo como la vez en Córdoba, me miro sin decir nada, serio. Yo seguí de largo, mi cabeza se entretuvo con otra cosa y me olvidé del tema.
Comentando estas anécdotas supe de otras personas que vieron a Cristo. Algunos cuentan historias fantásticas donde el tipo les habla o les da señales. Son relatos bien estructurados con nudo y desenlace, demasiado artificiales para mi gusto. Algunos hablan de llamados, de enseñanzas con moraleja o pruebas de circo como lanzar rayos o levitar objetos. Yo nunca pasé de sentirme incómodo. Cuando viajamos al sur con Carmen y Huguito para un laburo del Ministerio de Educación lo vimos manejando una motito de un delivery cerca de Plottier. En Rosario nunca lo encontré.
En marzo del 83 yo vivia en Buenos Aires con otros pibes de Rosario. Estábamos en un bar de la calle Rivadavia, por Caballito. Huguito usaba los lentes culo de botella de marco negro y el negro Juarez se había cortado el pelo, parecía un tipo serio. Eran las 4, tomábamos un porrón y mirábamos pasar la tarde. Cada 2 minutos paraba un colectivo en la esquina del bar y por ahí lo veo a Cristo, viajando en bondi. No se por qué me levanté y salí a correr a aquel colectivo. Me subí y fui directo a sentarme al lado de Cristo. El tipo no me prestó demasiada importancia y el coche comenzó a andar.
No se cuantas cuadras anduvimos juntos, en silencio, sin mirarnos. Yo no sabía que hacer ni sentía nada especial. Cuando llegamos a Once se paró como para bajarse. Me levanté para cederle el paso y cuando el omnibus llegó a la parada y el bajó no me animé a seguirlo.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Comercialmente previsible
Yo fui a la Buena Medida cuando era un bar de mierda. También pasé por El Cairo una vez. En FM Tango escuché a un tipo que después de la medianoche hablaba de mitología griega y como sufren las amas de casa. Hicimos cerveza cuando todavía no era "fashion" y si me esfuerzo puedo encontrar algún evento más que me haya puesto en posición adelantada, alguna circunstancia en que el azar me ha permitido llegar antes que la muchedumbre a un lugar y hacerlo mío.
Después llega la moda, llegan los mercaderes y te venden por cincuenta pesos un pocillo con la foto de Fontanarrosa. Y ese lugar, ese momento, se distorsiona al punto de negarse a si mismo. Se me ocurre ahora que algo por el estilo pudo haber pasado en el Gólgota. Imagino una tarde cualquiera, anónima, donde crucificaron a tres personas. Luego construimos una religión en ese lugar y explicamos el significado de los 7 clavos y su relación con las 12 tribus de Israel. Era tan simple como amar al otro como a uno mismo y logramos complicarlo. En algún momento del día la religión se parece a esos programas de entre semana que hablan de fútbol, donde vinculan el golpe con cara externa de Messi con su infancia en la Agrupación Infantil Abanderado Grandolli.
El mundo es cada vez más un lugar previsible. El gps nos marca el camino y los kilómetros que faltan para la próxima estación, sabemos el clima del fin de semana y los 3 lugares que no pueden dejar de visitarse si uno viaja a cualquier parte.
Presumo que vendrá un tiempo en que se celebre lo espontaneo, lo imprevisible, lo autentico. Todavía logro sorprenderme llegando a un lugar que no estaba en mis planes, descubriendo un buen libro que nadie me recomendó. Será un tiempo en que valoremos la ausencia para destacar la presencia, donde solo vendan alfajores Havanna en Mar del Plata y donde la gente se case por amor.
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