domingo, 19 de agosto de 2012

Ven y sígueme...

La primera vez que lo vi a Cristo fue en Córdoba. Estábamos de camino al Champaqui, hacíamos noche en uno de los refugios de la base, el negro Juarez estaba en pedo y no paraba de molestarlo. El tipo se la bancó como un duque, ni una palabra. El negro estaba muy pesado, lo curtía con lo de las heridas en las manos y el Cristo ni una palabra. Había mucha gente en el refugio y la música disimulaba todo lo que pasaba. Nadie le daba demasiada importancia a la situación pero el negro ya se pasaba. Yo me sentí incómodo no por la actitud del negro sino por la mirada que me echaba el Cristo. Me miraba sin decir nada, sin escuchar lo que pasaba.

Un par de años después lo encontré en la puerta de una iglesia en Porto Alegre. Aquella tarde pidiendo monedas en el atrio parecía un chico. Fue un instante tan incomodo como la vez en Córdoba, me miro sin decir nada, serio. Yo seguí de largo, mi cabeza se entretuvo con otra cosa y me olvidé del tema.

Comentando estas anécdotas supe de otras personas que vieron a Cristo. Algunos cuentan historias fantásticas donde el tipo les habla o les da señales. Son relatos bien estructurados con nudo y desenlace, demasiado artificiales para mi gusto. Algunos hablan de llamados, de enseñanzas con moraleja o pruebas de circo como lanzar rayos o levitar objetos. Yo nunca pasé de sentirme incómodo. Cuando viajamos al sur con Carmen y Huguito para un laburo del Ministerio de Educación  lo vimos manejando una motito de un delivery cerca de Plottier. En Rosario nunca lo encontré.

En marzo del 83 yo vivia en Buenos Aires con otros pibes de Rosario. Estábamos en un bar de la calle Rivadavia, por Caballito. Huguito usaba los lentes culo de botella de marco negro y el negro Juarez se había cortado el pelo, parecía un tipo serio. Eran las 4, tomábamos un porrón y mirábamos pasar la tarde. Cada 2 minutos paraba un colectivo en la esquina del bar y por ahí lo veo a Cristo, viajando en bondi. No se por qué me levanté y salí a correr a aquel colectivo. Me subí y fui directo a sentarme al lado de Cristo. El tipo no me prestó demasiada importancia y el coche comenzó a andar.

No se cuantas cuadras anduvimos juntos, en silencio, sin mirarnos. Yo no sabía que hacer ni sentía nada especial. Cuando llegamos a Once se paró como para bajarse. Me levanté para cederle el paso y cuando el omnibus llegó a la parada y el bajó no me animé a seguirlo.





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