Una mezcla de comentarios de actualidad y ensayos literarios que esperan tu piadosa opinión
sábado, 17 de diciembre de 2011
El tiempo se acaba
lunes, 12 de diciembre de 2011
Borges y la Rana René
La imagen es muy buena. Busqué sin éxito el nombre del autor; supongo que será gringo. La publicó Mano en su muro de Facebook. Lo que me llamó la atención fue el comentario con el que la presentó: "Chan!! Foto filosófica. Alguien más que crea conocerse bien?!! Muppppeeettsss!!!".
Sólo personas como Mano son capaces de ir tan a fondo con algo que a mí, en el mejor de los casos, me haría reír en voz alta.
De inmediato me acordé de dos poemas de JLB, en especial de sus finales.
1. EL GOLEM
Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.
Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.
Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.
No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.
Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dió a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,
la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.
El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.
Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)
El rabí le explicaba el universo
"esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga."
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.
Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.
Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.
Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)
Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.
El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. '¿Cómo' (se dijo)
'pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?'
'¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?'
En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
2. AJEDREZ
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Mastellone y la verdad
lunes, 21 de noviembre de 2011
Se que estás ahí
Seguimos esperando la primera nota de nuestro tercer integrante...seguramente estará haciendo sus últimos ajustes...
jueves, 3 de noviembre de 2011
Quieres ser millonario?
martes, 1 de noviembre de 2011
El hincha, el amor, la calentura
Estamos en la generación del Viagra. Esta noble pastillita que vino para hacer las delicias de las viejitas del mundo y ver reverdecer las camas ya varias décadas matrimoniales hoy se consume con furor, y no por aquellos que, luego de una vida de alegrías, hoy ven que quieren pero ya no pueden, no. Hoy la píldora azul celeste es consumida por miríadas de purretes que en su excitación temen dejar de a pié, precisamente, a aquella que quieren acostar. Hoy todos deben ser “la pareja perfecta” porque todas deben ser “las noches perfectas”. Especialmente porque suele ser “la” noche de esa chica y ese chico y no una más de las noches que ellos comparten.
Así es el amor. Dicen algunos. Y otros viejos moralistas dirán, así es la calentura.
El hincha de fútbol vive también sumergido en la generación del Viagra. Cada noche de estadio debe ser memorable. El amante hincha está siempre bien dispuesto, se jacta de ello. Cada encuentro se prepara para vivir la gloria, no importa el rival ni la situación en la tabla (ni con qué letra se identifique a esa tabla) pero el amado no siempre presenta su mejor versión.
A veces el equipo cae, a veces permanece meses caído. Y en el fútbol no existe el Viagra.
La frustración del amante embanderado es mayor que la de aquella joven insatisfecha, en principio, porque el romance no es de una fugaz noche de primavera. El amor, en el fútbol, es para toda la vida, es un matrimonio por Iglesia. En el fútbol no hay divorcio, no hay nulidad, no hay cuernos siquiera. Si el amado no levanta cabeza, no hay salida, no hay éxtasis, no hay escape.
El hincha, sin embargo, vive excitado como adolescente en su noche de debut. Y esta energía debe explotar. Y explota. Si no llega en la orgía victoriosa de un triunfo, derrama en el triste espectáculo auto-lacerante de las piedras, los insultos y las corridas.
La policía castiga el pecado repartiendo a discreción balas de goma como cuentas del rosario.
En momentos de debilidad e inseguridad la presión, sabemos, no ayuda. El equipo que no mejora se siente cada vez más urgido. Desde las radios, desde los edificios, desde dentro de su cabeza grita una sola voz “esta noche hay que ganar o ganar” y sabe que ante el menor signo de debilidad, de blandura, aquel que le declara su incondicional amor comenzará a demostrarle todo su odio, su rabia, su frustración. Le echará en cara su condena: “la relación es para toda la vida, mal que me pese”. En el fútbol, para el hincha, no hay divorcio.
Sólo para él. Entrenadores, jugadores, funcionarios y directivos pasarán.
El hincha es el rehén de la misma irracional y desordenada pasión que profesa. En los matrimonios (reparemos que estamos hablando de aquellos que se plantean en serio para toda la vida, una vez más, en el fútbol no hay divorcio) cuando la relación encuentra momentos bajos, la pasión puede tomarse un descanso, y debe, necesariamente, florecer el amor. El amor que se manifiesta en seguir estando, en aguantarse, en no lastimarse más de lo necesario y, sobre todo, en intentar poner cada uno lo mejor de sí para superar la difícil situación.
La violencia destruye. El amor, Silvio, convierte en milagro el barro.
Los hinchas, como los noviecitos, fatigan las paredes declarando que “siempre te alentaré” y que “en las buenas y en las malas”. Sin embargo en las malas, la noviecita insatisfecha se vuelve la viuda negra. Jugar de local se ha convertido en un calvario y siempre es más cómoda la barra del bar visitante que la exigente mesa familiar. Incluso ni en las buenas. Porque cada noche debe ser “la” noche y entonces un “casi” campeón tampoco sirve, un buen intento no es suficiente. El éxtasis, o la condena.
Y desde los medios, los de palo, los terceros, piden cortar cabezas para solucionar la impotencia. Y con la sangre derramada, reclaman acaloradamente los paños fríos.