sábado, 17 de diciembre de 2011

El tiempo se acaba

Estábamos esta mañana en la librería comprando los regalos de navidad. Al fin publicaron el libro de JP Feinmann que estaba esperando, también estaba ahí  El lobo estepario, me lo recomendaron hace un tiempo y finalmente dí con él. Había una oferta de clásicos, hace mucho que no leo un clásico. Era  todo muy tentador, ¿porque no llevarlos a todos? Hace un tiempo definí un criterio: un libro por vez, compraré un libro solo cuando haya terminado el que estoy leyendo. Me había convertido en un comprador compulsivo de libros no leídos y esta fue la solución. Pero queda otro tema por resolver porque no puedo  leer más de 8 libros al año. ¿A quienes dedicarles en 2012 ese valioso tiempo?

Es el famoso “costo de oportunidad”, al elegir algo estamos renunciando en forma simultánea al resto de las opciones. No puedo perder el tiempo, faltan 14 meses para que cumpla 40 años, exactamente la mitad del tiempo que tengo planeado vivir. No puedo desperdiciar el tiempo en cosas inútiles, el tiempo se acaba, es demasiado valioso para perderlo en escuchar nuevamente el cuento del borracho en el velatorio.

Mi viejo siempre añoró la cura contra el cáncer. ¿Cuanto tiempo le agregaría a una vida una vacuna contra el cáncer? En lugar de prolongar el tiempo de vida, ¿por qué no buscamos soluciones para aprovechar mejor el tiempo? La Iribarren una vez preguntó a un compañero “Ud. García, cuantas horas duerme por día?” “12 horas, señora” respondió el negro. “Es decir, García, que se pasará la mitad de su vida dormido”. Eso me dio una idea. Saliendo del exagerado caso Garcia, digamos que es sano dormir unas 8 horas diarias, un tercio de nuestra vida la pasaremos durmiendo. En mi programa de 80 años eso es casi 27 años. En lugar de la vacuna contra el cáncer podrían intentar con una droga que nos permita vivir durmiendo 4 horas diarias, serían 13 o 14 años más de sobre vida.

¿Y que me dicen del futbol? Cuantas horas a la semana le dedica un hombre a tan noble deporte? Supongamos que uno mira unos 2 o 3 partidos por semana. Son como mínimo 180 minutos. Al año, siendo conservadores, serán unas 120 horas de futbol, es decir, 5 días al año viendo futbol sin parar. Señores de la FIFA: si los partidos fueran de 60 minutos en dos tiempos de 30 ahorraríamos un 30% de ese tiempo. No quiero irme en detalles pero sería necesario reducir la cantidad de jugadores por equipo y también el campo de juego, pero ese es otro tema.

También se debe reflexionar antes de suscribirse a una nueva red social. Facebook requiere tiempo. Muchas veces prendo la compu con la intención de buscar algún dato en Google, tarea que no consume más de 3 o 4 minutos, pero en el trámite abro facebook, salto a youtube, chequeo los mails y cuando miro el reloj pasaron casi 2 horas. De más está decirlo, apago la computadora habiendo olvidado la googleada que me había llevado hasta ahí.

Tengo que dejar de mirar las repeticiones de Seinfeld y de Friends, hay muchos lugares que me quedan por conocer, tengo que invertir mejor ese tiempo. Tal vez si dejara de ver a Ross tratando de conquistar a Rachel podría aumentar mi cantidad de libros anuales de 8 a 10 u 12.

Conciente u inconcientemente la humanidad se ha ocupado de este tema. A Colón le llevó 3 meses cruzar el Atlántico, hoy desde Madrid a la Habana serán unas 6 horas de avión. Pero todavía falta, la tecnología está haciendo lo suyo pero debemos colaborar en este sentido. 

Señora: no me interesan sus juanetes, no quiero escuchar la historia de su sobrino el mayor que ya está en la universidad, se me acaba el tiempo, me estoy muriendo y tengo que aprovecharlo!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Borges y la Rana René





La imagen es muy buena. Busqué sin éxito el nombre del autor; supongo que será gringo. La publicó Mano en su muro de Facebook. Lo que me llamó la atención fue el comentario con el que la presentó: "Chan!! Foto filosófica. Alguien más que crea conocerse bien?!! Muppppeeettsss!!!".

Sólo personas como Mano son capaces de ir tan a fondo con algo que a mí, en el mejor de los casos, me haría reír en voz alta.

De inmediato me acordé de dos poemas de JLB, en especial de sus finales. 

Vittorio, ya se van a alinear los astros y voy a escribir algo para decepción de los seguidores de este blog. Por ahora, acá va mi primer aporte: poesía, pero de la buena.


1. EL GOLEM

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dió a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga."
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. '¿Cómo' (se dijo)
'pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?'

'¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?'

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?


2. AJEDREZ

I

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?







miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mastellone y la verdad

Soy televidente desde que nací. Mi foto preferida es una en que yo, todavía en pañales, estoy junto a mi abuelo Amedee y un televisor en blanco y negro con la imagen de Goldsilver.
Tendría que haber una ley que prohíba que las publicidades mientan. Si un detergente lava 1.000 platos que vaya un escribano y lo certifique. ¿Qué le pasa a las fábricas de jabón en polvo? ¿Cuántas comprobaciones más deberemos ver para descubrir cuál es el que queja la ropa más blanca? ¿hay alguien que crea que cuando un señor con un micrófono entra en una casa es una situación espontanea? Y con Mastellone, ¿qué pasa? ¿Nadie dirá nada acerca de esa obsesión en querer asociar sus productos con medicamentos?
Una vez ví una película que se llama “La invención de la mentira”, es muy buena. Transcurre en un mundo donde la mentira no había sido inventada. En ese mundo la publicidad de Pepsi era “lo que usted toma cuando no hay Coca Cola”. Eso es genial. El mundo reclama verdad. Queremos que nos dejen de mentir pero insistimos con Papá Noel. Que sociedad hipócrita. ¿Quién está listo para escuchar la verdad? ¿Quién puede resistir la verdad durante 24 horas? Hay un capitulo de Seinfeld que habla sobre esto. Kramer le dice a la novia de George que debería hacerse una rinoscopia.
¿Será por eso que Dios prefiere mantenerse oculto? ¿Seriamos capaces de vivir con la certeza de saber quién es Dios? Alguien alguna vez dijo “si Dios bajara todos los días a la tierra no faltaría en aparecer un tonto que le faltara el respeto”…






lunes, 21 de noviembre de 2011

Se que estás ahí

Ya pasaron varios meses desde que iniciamos este blog, si sos un visitante frecuente, si hoy es la primera vez que pasas por acá y viste algo que te gustó no sería mala idea que te suscribas, incluso, que nos recomiendes con tus amigos.
Seguimos esperando la primera nota de nuestro tercer integrante...seguramente estará haciendo sus últimos ajustes...

jueves, 3 de noviembre de 2011

Quieres ser millonario?

Si es cierto que el capitalismo rige en esta época deberá admitirse que el tiempo es el bien más valioso. Es imposible acumularlo, guardarlo, atesorarlo. El tiempo simplemente fluye, es un metal precioso que nunca deja de derramarse. Tal vez los más ricos sean los que más tiempo tienen.

El semáforo de Washington y Rondeau es demasiado largo. Tanto que me permitió salir por un momento del trajín que me arrasaba. Miré por la ventanilla y recordé un tiempo en que no tenía horarios, en que podía detenerme a observar. Fue una época maravillosa donde disfrutaba el transcurrir de la mañana. Había identificado ciertos momentos, los iba puliendo prudentemente, el no hacer nada requiere un poco de trabajo, algunas rutinas son necesarias. El desayuno, la mañana pasando por la cocina, un programa de radio. Los comerciantes matinales, la panadería, el reparto de soda, chicos que van o vienen del colegio. El noticiero del mediodía, una pequeña sobremesa, la hora de la siesta. Unos mates, la visita de un amigo. Los programas de la tarde. El sol que comienza a ponerse. La tira deportiva, la cena. Un libro, una cerveza en un bar. Mirar la vida transcurrir. Jugar con todas las posibilidades prontas por venir. Ser joven. Ser millonario. 

martes, 1 de noviembre de 2011

El hincha, el amor, la calentura

Estamos en la generación del Viagra. Esta noble pastillita que vino para hacer las delicias de las viejitas del mundo y ver reverdecer las camas ya varias décadas matrimoniales hoy se consume con furor, y no por aquellos que, luego de una vida de alegrías, hoy ven que quieren pero ya no pueden, no. Hoy la píldora azul celeste es consumida por miríadas de purretes que en su excitación temen dejar de a pié, precisamente, a aquella que quieren acostar. Hoy todos deben ser “la pareja perfecta” porque todas deben ser “las noches perfectas”. Especialmente porque suele ser “la” noche de esa chica y ese chico y no una más de las noches que ellos comparten.

Así es el amor. Dicen algunos. Y otros viejos moralistas dirán, así es la calentura.

El hincha de fútbol vive también sumergido en la generación del Viagra. Cada noche de estadio debe ser memorable. El amante hincha está siempre bien dispuesto, se jacta de ello. Cada encuentro se prepara para vivir la gloria, no importa el rival ni la situación en la tabla (ni con qué letra se identifique a esa tabla) pero el amado no siempre presenta su mejor versión.

A veces el equipo cae, a veces permanece meses caído. Y en el fútbol no existe el Viagra.

La frustración del amante embanderado es mayor que la de aquella joven insatisfecha, en principio, porque el romance no es de una fugaz noche de primavera. El amor, en el fútbol, es para toda la vida, es un matrimonio por Iglesia. En el fútbol no hay divorcio, no hay nulidad, no hay cuernos siquiera. Si el amado no levanta cabeza, no hay salida, no hay éxtasis, no hay escape.

El hincha, sin embargo, vive excitado como adolescente en su noche de debut. Y esta energía debe explotar. Y explota. Si no llega en la orgía victoriosa de un triunfo, derrama en el triste espectáculo auto-lacerante de las piedras, los insultos y las corridas.

La policía castiga el pecado repartiendo a discreción balas de goma como cuentas del rosario.

En momentos de debilidad e inseguridad la presión, sabemos, no ayuda. El equipo que no mejora se siente cada vez más urgido. Desde las radios, desde los edificios, desde dentro de su cabeza grita una sola voz “esta noche hay que ganar o ganar” y sabe que ante el menor signo de debilidad, de blandura, aquel que le declara su incondicional amor comenzará a demostrarle todo su odio, su rabia, su frustración. Le echará en cara su condena: “la relación es para toda la vida, mal que me pese”. En el fútbol, para el hincha, no hay divorcio.

Sólo para él. Entrenadores, jugadores, funcionarios y directivos pasarán.

El hincha es el rehén de la misma irracional y desordenada pasión que profesa. En los matrimonios (reparemos que estamos hablando de aquellos que se plantean en serio para toda la vida, una vez más, en el fútbol no hay divorcio) cuando la relación encuentra momentos bajos, la pasión puede tomarse un descanso, y debe, necesariamente, florecer el amor. El amor que se manifiesta en seguir estando, en aguantarse, en no lastimarse más de lo necesario y, sobre todo, en intentar poner cada uno lo mejor de sí para superar la difícil situación.

La violencia destruye. El amor, Silvio, convierte en milagro el barro.

Los hinchas, como los noviecitos, fatigan las paredes declarando que “siempre te alentaré” y que “en las buenas y en las malas”. Sin embargo en las malas, la noviecita insatisfecha se vuelve la viuda negra. Jugar de local se ha convertido en un calvario y siempre es más cómoda la barra del bar visitante que la exigente mesa familiar. Incluso ni en las buenas. Porque cada noche debe ser “la” noche y entonces un “casi” campeón tampoco sirve, un buen intento no es suficiente. El éxtasis, o la condena.

Y desde los medios, los de palo, los terceros, piden cortar cabezas para solucionar la impotencia. Y con la sangre derramada, reclaman acaloradamente los paños fríos.

Es momento de que los hinchas, apasionados, amantes, calientes, llenen los estadios para, verdaderamente, alentar hasta el final, aunque ganes o pierdas, o sencillamente para no agredir, permanecer callados acompañando y sufriendo. Es momento de acciones de amor, de compromiso con la institución, más que de desbordes de pasión tribunera.

domingo, 16 de octubre de 2011

Buenos Aires


Buenos Aires. 9:40. Avanzamos por la 9 de Julio, recién bajamos de la autopista Illia. En 20 minutos estaremos en el hall del edificio de Avenida Alicia Moreau de Justo 292. Ricardo Garcia y Adrián Rigotti, buscamos al doctor Juarez Arregui.
Me encanta Buenos Aires, me gusta el olor a café, la calle, los vendedores ambulantes, la vida del Clarín cruzándose con Crónica y La Nación. Los extranjeros, los europeos y los sudamericanos. Viajo mucho a Buenos Aires, en ocasiones por varios días. Por las mañanas soy un ejecutivo de medio pelo, visito oficinas y hablamos de negocios, interpreto un papel, cumplo con un estándar, el modelo que mis interlocutores esperan encontrar, aparento ser la persona que ellos estiman que puedo ser. Por la tarde me voy al hotel. Me tiro en la cama kind side, en general el hotel es más que aceptable, me pongo cómodo y me siento un poco porteño: un rato de noticiero, el tránsito, el crimen del momento y salgo a caminar.
Camino por Florida y en un punto cambio de dirección. Me gusta observar, juego a imaginar vidas. Una anciana muy bien vestida y de lentes de sol. Seguramente vive en Palermo, en un departamento con demasiados muebles, la foto de su difunto esposo junto a un puñado de nietos que viven en un country. Esta sola pero tiene sus rutinas, tomar el té todas las tardes en la confitería de Santa Fe y Maipú. El chico de 20 años que pasa apurado, viste unos pantalones baratos, camisa, corbata y zapatos, intentó cumplir con el requisito de “ropa formal” que le impusieron en la oficina, escucha la Rock & Pop o la Metro, gana poco, vive en Caballito o en Flores y solo piensa en coger. En Corrientes cruzo a una pareja de treinta y pico. Él viste una chomba Tommy Hilfiger, zapatos náuticos y anteojos Ray Ban, seguramente sus calzoncillos son Calvin Klein. Ella es una lady, estudió abogacía o contador público o administración en una facultad privada: IAE, UADE, UCA? Viajó a Europa cuando se recibió, regalo de los padres. Se casaron hace unos meses. Él la engaña o la va a engañar, los dos están más preocupados por su reflejo en la vidriera, se van a separar pero antes tendrán 2 nenas, a él eso lo frustra: la casa llena de bombachitas, él quería un varón para llevarlo a la cancha de Boca, su único pecado de chico de Vicente López.
Son más de las 7 de la tarde. No sé cómo llego a Viamonte y San Martín, una iglesia, me dan ganas de escuchar misa, por qué no? Un rato de oración en medio del ruido. Convento Santa Catalina de Siena. La esquina es un patio que permite el ingreso al templo hacia la derecha y al convento hacia la izquierda, por San Martín. Me recuerda a las iglesias de Lima. Un mármol me informa que el convento fue fundado en 1737 por la hermana de un militar y la de un obispo. Durante las invasiones inglesas flameó la bandera británica en su torre por varias semanas. Entro al templo. Un grupo de cámara interpreta obras de música sacra. Me siento en un lugar intermedio entre el último banco y la mitad de la fila. Un hombre delante de mí, de rodillas, reza concentradamente. Tendrá unos 45, 48 años. Seguramente pide por su esposa y sus hijos. Al poco tiempo se levanta y se va, imagino que le molesta el espectáculo, la casa de Dios no es un teatro.
Comienzo a reconocer el lugar. Los músicos son 14 y un director. En realidad es un coro, son 11 voces, dos violines y un chelo. Al final de un tema, de pronto, una persona que está sentada cerca de la primera fila aplaude la interpretación. Estimo que será conocido de alguno de los músicos. La obra continua. Me detengo en un detalle: los que escuchamos somos 15 personas. Somos tantos espectadores como intérpretes.
Ya son más de las ocho. A las nueve Newell´s juega con Velez, voy a ver el partido en el hotel. Salgo de la iglesia. En la puerta un linyera me mira con paz. Camino por San Martín y llego al Kilkenny. Me siento en la barra y pido una pinta de cerveza negra. Viene acompañada de una canastita con pochoclo salado. Disfruto de la cerveza en silencio. Me pongo a repasar como sería este relato si pudiera escribir una historia de lo que está pasando este día.
Ya son casi las nueve. Pago la cerveza salgo rumbo al hotel. En una esquina un hombre me ofrece señoritas y cabaret, le agradezco pero no.
Llego al hotel y me pongo cómodo. Pido comida a la habitación. En la notebook busco la transmisión de Walter Hugo. Ganará hoy la lepra?