Buenos Aires. 9:40. Avanzamos por la 9 de Julio, recién bajamos de la autopista Illia. En 20 minutos estaremos en el hall del edificio de Avenida Alicia Moreau de Justo 292. Ricardo Garcia y Adrián Rigotti, buscamos al doctor Juarez Arregui.
Me encanta Buenos Aires, me gusta el olor a café, la calle, los vendedores ambulantes, la vida del Clarín cruzándose con Crónica y La Nación. Los extranjeros, los europeos y los sudamericanos. Viajo mucho a Buenos Aires, en ocasiones por varios días. Por las mañanas soy un ejecutivo de medio pelo, visito oficinas y hablamos de negocios, interpreto un papel, cumplo con un estándar, el modelo que mis interlocutores esperan encontrar, aparento ser la persona que ellos estiman que puedo ser. Por la tarde me voy al hotel. Me tiro en la cama kind side, en general el hotel es más que aceptable, me pongo cómodo y me siento un poco porteño: un rato de noticiero, el tránsito, el crimen del momento y salgo a caminar.
Camino por Florida y en un punto cambio de dirección. Me gusta observar, juego a imaginar vidas. Una anciana muy bien vestida y de lentes de sol. Seguramente vive en Palermo, en un departamento con demasiados muebles, la foto de su difunto esposo junto a un puñado de nietos que viven en un country. Esta sola pero tiene sus rutinas, tomar el té todas las tardes en la confitería de Santa Fe y Maipú. El chico de 20 años que pasa apurado, viste unos pantalones baratos, camisa, corbata y zapatos, intentó cumplir con el requisito de “ropa formal” que le impusieron en la oficina, escucha la Rock & Pop o la Metro, gana poco, vive en Caballito o en Flores y solo piensa en coger. En Corrientes cruzo a una pareja de treinta y pico. Él viste una chomba Tommy Hilfiger, zapatos náuticos y anteojos Ray Ban, seguramente sus calzoncillos son Calvin Klein. Ella es una lady, estudió abogacía o contador público o administración en una facultad privada: IAE, UADE, UCA? Viajó a Europa cuando se recibió, regalo de los padres. Se casaron hace unos meses. Él la engaña o la va a engañar, los dos están más preocupados por su reflejo en la vidriera, se van a separar pero antes tendrán 2 nenas, a él eso lo frustra: la casa llena de bombachitas, él quería un varón para llevarlo a la cancha de Boca, su único pecado de chico de Vicente López.
Son más de las 7 de la tarde. No sé cómo llego a Viamonte y San Martín, una iglesia, me dan ganas de escuchar misa, por qué no? Un rato de oración en medio del ruido. Convento Santa Catalina de Siena. La esquina es un patio que permite el ingreso al templo hacia la derecha y al convento hacia la izquierda, por San Martín. Me recuerda a las iglesias de Lima. Un mármol me informa que el convento fue fundado en 1737 por la hermana de un militar y la de un obispo. Durante las invasiones inglesas flameó la bandera británica en su torre por varias semanas. Entro al templo. Un grupo de cámara interpreta obras de música sacra. Me siento en un lugar intermedio entre el último banco y la mitad de la fila. Un hombre delante de mí, de rodillas, reza concentradamente. Tendrá unos 45, 48 años. Seguramente pide por su esposa y sus hijos. Al poco tiempo se levanta y se va, imagino que le molesta el espectáculo, la casa de Dios no es un teatro.
Comienzo a reconocer el lugar. Los músicos son 14 y un director. En realidad es un coro, son 11 voces, dos violines y un chelo. Al final de un tema, de pronto, una persona que está sentada cerca de la primera fila aplaude la interpretación. Estimo que será conocido de alguno de los músicos. La obra continua. Me detengo en un detalle: los que escuchamos somos 15 personas. Somos tantos espectadores como intérpretes.
Ya son más de las ocho. A las nueve Newell´s juega con Velez, voy a ver el partido en el hotel. Salgo de la iglesia. En la puerta un linyera me mira con paz. Camino por San Martín y llego al Kilkenny. Me siento en la barra y pido una pinta de cerveza negra. Viene acompañada de una canastita con pochoclo salado. Disfruto de la cerveza en silencio. Me pongo a repasar como sería este relato si pudiera escribir una historia de lo que está pasando este día.
Ya son casi las nueve. Pago la cerveza salgo rumbo al hotel. En una esquina un hombre me ofrece señoritas y cabaret, le agradezco pero no.
Llego al hotel y me pongo cómodo. Pido comida a la habitación. En la notebook busco la transmisión de Walter Hugo. Ganará hoy la lepra?
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