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martes, 1 de noviembre de 2011

El hincha, el amor, la calentura

Estamos en la generación del Viagra. Esta noble pastillita que vino para hacer las delicias de las viejitas del mundo y ver reverdecer las camas ya varias décadas matrimoniales hoy se consume con furor, y no por aquellos que, luego de una vida de alegrías, hoy ven que quieren pero ya no pueden, no. Hoy la píldora azul celeste es consumida por miríadas de purretes que en su excitación temen dejar de a pié, precisamente, a aquella que quieren acostar. Hoy todos deben ser “la pareja perfecta” porque todas deben ser “las noches perfectas”. Especialmente porque suele ser “la” noche de esa chica y ese chico y no una más de las noches que ellos comparten.

Así es el amor. Dicen algunos. Y otros viejos moralistas dirán, así es la calentura.

El hincha de fútbol vive también sumergido en la generación del Viagra. Cada noche de estadio debe ser memorable. El amante hincha está siempre bien dispuesto, se jacta de ello. Cada encuentro se prepara para vivir la gloria, no importa el rival ni la situación en la tabla (ni con qué letra se identifique a esa tabla) pero el amado no siempre presenta su mejor versión.

A veces el equipo cae, a veces permanece meses caído. Y en el fútbol no existe el Viagra.

La frustración del amante embanderado es mayor que la de aquella joven insatisfecha, en principio, porque el romance no es de una fugaz noche de primavera. El amor, en el fútbol, es para toda la vida, es un matrimonio por Iglesia. En el fútbol no hay divorcio, no hay nulidad, no hay cuernos siquiera. Si el amado no levanta cabeza, no hay salida, no hay éxtasis, no hay escape.

El hincha, sin embargo, vive excitado como adolescente en su noche de debut. Y esta energía debe explotar. Y explota. Si no llega en la orgía victoriosa de un triunfo, derrama en el triste espectáculo auto-lacerante de las piedras, los insultos y las corridas.

La policía castiga el pecado repartiendo a discreción balas de goma como cuentas del rosario.

En momentos de debilidad e inseguridad la presión, sabemos, no ayuda. El equipo que no mejora se siente cada vez más urgido. Desde las radios, desde los edificios, desde dentro de su cabeza grita una sola voz “esta noche hay que ganar o ganar” y sabe que ante el menor signo de debilidad, de blandura, aquel que le declara su incondicional amor comenzará a demostrarle todo su odio, su rabia, su frustración. Le echará en cara su condena: “la relación es para toda la vida, mal que me pese”. En el fútbol, para el hincha, no hay divorcio.

Sólo para él. Entrenadores, jugadores, funcionarios y directivos pasarán.

El hincha es el rehén de la misma irracional y desordenada pasión que profesa. En los matrimonios (reparemos que estamos hablando de aquellos que se plantean en serio para toda la vida, una vez más, en el fútbol no hay divorcio) cuando la relación encuentra momentos bajos, la pasión puede tomarse un descanso, y debe, necesariamente, florecer el amor. El amor que se manifiesta en seguir estando, en aguantarse, en no lastimarse más de lo necesario y, sobre todo, en intentar poner cada uno lo mejor de sí para superar la difícil situación.

La violencia destruye. El amor, Silvio, convierte en milagro el barro.

Los hinchas, como los noviecitos, fatigan las paredes declarando que “siempre te alentaré” y que “en las buenas y en las malas”. Sin embargo en las malas, la noviecita insatisfecha se vuelve la viuda negra. Jugar de local se ha convertido en un calvario y siempre es más cómoda la barra del bar visitante que la exigente mesa familiar. Incluso ni en las buenas. Porque cada noche debe ser “la” noche y entonces un “casi” campeón tampoco sirve, un buen intento no es suficiente. El éxtasis, o la condena.

Y desde los medios, los de palo, los terceros, piden cortar cabezas para solucionar la impotencia. Y con la sangre derramada, reclaman acaloradamente los paños fríos.

Es momento de que los hinchas, apasionados, amantes, calientes, llenen los estadios para, verdaderamente, alentar hasta el final, aunque ganes o pierdas, o sencillamente para no agredir, permanecer callados acompañando y sufriendo. Es momento de acciones de amor, de compromiso con la institución, más que de desbordes de pasión tribunera.

martes, 20 de septiembre de 2011

LA MEJOR CEPA FUTBOLERA

Cuenta Guillermo Orozco Gómez en su artículo “De las disciplinas a los saberes” que la industria del vino norteamericana (californiana) había logrado un desarrollo tan importante allá por los 50 que la calidad de sus vinos podía perfectamente competir en el mercado con los producidos en las tradicionales bodegas francesas como Laffitte o Beaujolais. La dificultad que encontraban para disputar un lugar de privilegio en el mercado eran los nombres propios de las casas galas, vinculadas a castillos medievales y aristocracias europeas. Cuenta Orozco Gómez que la batalla fue librada con astucia, que los americanos inventaron una nueva forma de nomenclar los vinos: los varietales. A partir de esta movida los vinos empezaron a ser conocidos (y valorados) por el tipo de uva con que estaban producidos. Las viejas bodegas europeas se vieron forzadas a explicitar qué cortes integraban la mezcla de sus productos y ya la mística, la tradición y el abolengo dejaron de pesar tanto como la calidad del producto. Fue un gran paso para la industria californiana, pero también para la industria del vino.
¿Y qué tiene que ver esto con el fútbol?

La mirada preponderante del fútbol argentino está centrada en una categoría nobiliaria que tiene poco o ningún correlato en el desarrollo de ese juego tan hermoso que conocemos como fútbol.

El cristal a través del que se mira el deporte más popular de la argentina está relacionado con la pertenencia o no a "los 5 grandes". Filtrado por esta nomenclatura histórica el ojo periodístico examina los equipos con un aprecio o un desprecio diferenciado. Los cinco grandes tienen periodistas y espacios dedicados especialmente a reportar su actualidad. Cualquier acontecimiento que los involucre es inmediatamente considerado noticia prioritaria.

Los cinco grandes se han convertido en el mojón, el fútbol patrón. Esta aseveración llegó a su paroxismo con el artículo de Víctor Hugo en el último número de Un Caño, en la que explicó que creemos que el fútbol argentino anda mal porque los 5 grandes andan mal pero que esta es una situación que ya se va a "solucionar". Sin explicar porqué él cree que es un problema par el fútbol que los 5 grandes anden mal, si Vélez, Lanus, Estudiantes y Godoy Cruz nos brindan bellísimos espectáculos cada fin de semana.

El periodismo argentino (y todos los que vemos la realidad filtrada por ese cristal) está embobado siguiendo a un conjunto que juega en la B, segunda categoría del fútbol argentino. Que juega en la B porque juega mal al fútbol. Que juega en la B porque durante 3 años se encargó de demostrar que su fútbol no tenía la calidad suficiente para jugar entre los 20 mejores equipos del país.

También nos tienen embobados hablando de un equipo que (con una única y sospechosa excepción) hace 50 años que no gana un campeonato nacional.

También nos tienen atentos a un equipo que no ganó jamás una Copa Libertadores.

Más del 50% del tiempo y espacio periodístico que se le dedica al fútbol argentino está destinado a hablar de equipos que, en conjunto, hace cinco campeonatos que no dan la vuelta (ni están en los tres primeros puestos) y han estado mucho más fuera que dentro de la participación internacional en la última década.

Fútbol para todos, una empresa del estado, está dedicada a mimar a los 5 grandes. Transmitiendo con obscenas diferencias técnicas a equipos con inversa proporción de buen fútbol. River va por HD, Lanús con tres cámaras.

“Los 5 grandes” es una marca registrada, creada a principios del siglo pasado y que fue repetida, ampliada y multiplicada por la oportuna creación de las cadenas nacionales de radio, que llevaron el relato de los partidos de los clubes porteños a cada rincón del país. Hoy “los 5 grandes” es una manera de mirar el fútbol, una vez más, repetida y alimentada por los medios porteños de comunicación (mal llamados nacionales) y ampliada hasta el hartazgo por la gran cadena nacional del FPT.

“Los 5 grandes” es un mapa, es un modelo de interpretación. El fútbol hoy se mira con este cristal que deforma hacia los blasones nobiliarios y el abolengo, pero que aleja la mirada del juego-deporte fútbol.

¿No es hora de empezara a cambiar la nomenclatura?

Es hora de hablar de los equipos buenos, de los que juegan bien al fútbol. De los jugadores buenos, vistan la camiseta que vistan. (Carlos Sanchez, por caso, tuvo que descender de categoría para empezar a ser nombrado con cierta asiduidad) De las grandes instituciones, que tienen grandes superávits que reinvierten en fútbol y en sus socios. De las divisiones inferiores más fructíferas.

Éstas deben ser las nuevas coordenadas del fútbol argentino. Éste debe ser el cambio de mirada del periodismo deportivo nacional.

El ranking podría (como un criterio apenas tentativo) estar definido por la tabla de promedios (que por fin tendría alguna utilidad positiva). Hoy los cinco grandes serían Vélez, Estudiantes, Lanús, Argentinos y Godoy Cruz (obviando a Rafaela y Belgrano que tienen apenas 7 partidos en primera) Hacia estos cinco equipos deberían estar dirigidos los mimos, para estos cinco las transmisiones en HD, los horarios centrales y dos hombres en campo; periodista dedicado en cada programa de TV y radio siguiendo los entrenamientos, tapa del gráfico y nota con banderín en la revista Un Caño.

Y si otro equipo quisiera estos favores, ya sabría cómo y dónde ganarlos: en la cancha y jugando bien al fútbol.

O podemos seguir diciendo que todo es culpa de Grondona, y seguir babeándonos por un nuevo pase en profunidad del “Chori” Dominguez en el partido frente a Guillermo Brown de Puerto Madryn.

Juan Ignacio Isern