Suena Astor Piazzolla y su Nuevo Octeto. Cae la tarde en el punto en que no distingo el azul del negro, el frío de julio inunda el cielo, inunda el campo, el río, mis piernas y mis brazos. Busco abrigos en el placard, busco calor.
El tema que escucho da un primer plano fantástico a un bandoneón adormecido, que en cadencia suave agiganta poco a poco un espacio que se me hace frío, tocado por un cincuentón con pullover negro de esos que envuelven el cuello. En cada bocanada, entre nota y nota, brota de su interior el vapor de una pasión incontenible por la música que brota y se escapa del tiempo.
Y pienso: "¿Quien podrá descubrir en mi país este compás, podremos en el retortero de la historia lograr una euritmia propia? ¿Qué instrumentos debemos afinar en nuestras almas, en nuestras voces, en cada gesto, para gritar con los pulmones llenos la nación?"
Es fácil quejarse, es más fácil decir yo hago mi parte, es mucho más simple no buscar problemas y cuidar la propia quintita.
No es el tango un poco de tristeza por no escuchar clamores que vienen ahogando adentro el corazón argentino. No es esta sinfonía que siento tan intensa, mía de mi misma mismidad, un llamado, un gemido por actuar, por buscar y decir y proponer.
La melancolía de un nuevo tema me impresa de golpe un caminar por extensiones sin fin de una patria grande, de un universo múltiple, diverso, riquísimo. Y el soplo del aire que se hace viento interminable, que me suena como alas desplegadas de cóndor incansable, me invita en un adentro que espera respuestas.
Y vuelvo a pensar (Porque hay cosas que más que pensadas son como emergidas): "Es mi tarea, es mi viaje, es mi canción que debo conectar con el aire, con la extensión, la altura y la anchura de esta mi patria"
Libertango. Arranca con la fuerza de un clamor que empuja hacia adelante.
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