El semáforo de Washington y Rondeau es demasiado largo. Tanto que me permitió salir por un momento del trajín que me arrasaba. Miré por la ventanilla y recordé un tiempo en que no tenía horarios, en que podía detenerme a observar. Fue una época maravillosa donde disfrutaba el transcurrir de la mañana. Había identificado ciertos momentos, los iba puliendo prudentemente, el no hacer nada requiere un poco de trabajo, algunas rutinas son necesarias. El desayuno, la mañana pasando por la cocina, un programa de radio. Los comerciantes matinales, la panadería, el reparto de soda, chicos que van o vienen del colegio. El noticiero del mediodía, una pequeña sobremesa, la hora de la siesta. Unos mates, la visita de un amigo. Los programas de la tarde. El sol que comienza a ponerse. La tira deportiva, la cena. Un libro, una cerveza en un bar. Mirar la vida transcurrir. Jugar con todas las posibilidades prontas por venir. Ser joven. Ser millonario.
¡¡Buenísimo!!
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